El progreso tecnológico y el crecimiento económico son necesarios -aunque a menudo se excedan las limitaciones naturales sin mucho rigor,  no observándose las consecuencias potenciales de dichos actos. El resultado pueden ser, trágicos desastres.  Un ejemplo triste pasó hace exactamente 50 años:  el 9 de Octubre de 1963, un corrimiento de tierra y el resultante tsunami devastaron el norte de Italia, la pequeña ciudad de Longarona y numerosos pueblos cercanos.  Aproximadamente 2.000 personas murieron – ni siquiera hoy en día, se conoce la cifra exacta de las muertes que provocó este desastre.

El desplazamiento de tierras causó un desbordamiento en una de las presas más altas del mundo, construida a finales de los años 50 para cubrir la demanda de industrialización y energía en Venecia. Antes y durante su construcción, algunos expertos habían advertido de los peligros sobre un hipotético desastre natural. No fueron escuchados. Los intereses económicos tuvieron prioridad.

Observando nuestra situación actual, no parece que la humanidad haya aprendido mucho sobre desastres naturales. Seguimos destruyendo nuestra naturaleza, incluso en una época en la que todos somos conscientes de sus consecuencias. Es tiempo de cambiar nuestra forma de pensar, de vivir y de trabajar, también en lo referente a nuestra industria. Si no lo hacemos así, el cambio climático y su impacto en nuestros océanos  serán una catástrofe de escala sin precedentes.